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Ahora que todo el mundo es “runner”, no puede falta entre el equipamiento básico varios cacharros que nos acompañen en nuestros entrenamientos diarios. La tecnología aplicada al deporte no siempre se basa en inventos dirigidos al entrenamiento de la élite, un ejemplo lo tenemos en cómo han evolucionado los relojes deportivos en los últimos años.

Se ha pasado de simples pulsómetros con funciones avanzadas de cronómetro a auténticos ordenadores de muñeca, con chips GPS ultra precisos, métricas avanzadas, medidores de actividad y decenas de características. La mayoría de smarwatches modernos coinciden en un apartado: incluyen un sensor óptico para medir las pulsaciones en determinados momentos del día. Obviamente esto no es nuevo, ya se lleva usando varios años en el sector deportivo, aunque ha sido más recientemente cuando se ha estado poniendo más interés en la tecnología, mejorándola para incrementar su precisión y tratar así de olvidar las bandas de frecuencia cardíaca tradicionales que se colocan en el pecho.

Lo que se busca con el sensor óptico es eliminar partes, nos olvidamos de llevar banda, con su núcleo (que además lleva su propia pila), una pieza que llevar en el pecho y que en ocasiones provoca roces o se mueve. A cambio se concentra todo en el propio reloj, sin depender de comunicaciones, pero claro esto provoca mediciones menos fiables y puede que erróneas si no hay un buen contacto con la piel.